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Empezaría diciendo que todo lo que escribo lo hago con papel y una pluma, pero mentiría. Una de mis mayores aficiones es escribir, yo lo llamaría como una especie de "escape" donde eres libremente de escribir lo que te plazca, ya sea hundirte en tus pensamientos o tan solo con deslizar tus dedos sobre el teclado comienzas a adentrarte en un mundo donde tu decides que sucede a cada instante y a cada segundo. ¿Maravilloso, verdad? No escribo para nadie, escribo para mi misma. Lo que nunca imaginé fue ver a toda esta gente leyéndome. Soy otra marioneta que ansia la libertad en esta sociedad manipuladora. Nunca permitas, por nada del mundo, que la sociedad te convierta en una persona quien no eres. Seamos libres de ser quien cojones queramos ser. Porque no hay nada más maravilloso que ser uno mismo y no como querrían que fueses. Amo la lluvia, los días de tormenta, amo el chocolate, también un buen café con leche en las tardes de invierno. Si has llegado hasta mi blog, bienvenidos pequeños mortales, si deseas quedarte será todo un placer, siempre serán bienvenidos aquí y si deseas marcharte, que así sea. ¿Te introduces en mi cuento de princesa inmortal?

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viernes, 4 de julio de 2014

Te veo, y estás aquí. No te preocupes, estoy contigo.




La chica del vestido gris caminaba por las oscuras calles a medianoche. Tanto su vestido gris como su rostro trasmitían una profunda tristeza; una tristeza que combinaba muy bien con la lluvia vespertina. 
El aire frío de la noche abanicaba su larga y sedosa melena. Sus brazos se cruzaban y se abrazaba a si misma a reacción del frío, pero aquel frío no podía compararse con lo fría que se sentía ella, y lo mucho que necesitaba el calor de alguien.

Se sentó en un banco de un oscuro parque. No había ni un alma que ver en la noche, casi parecía un pueblo fantasma. Y ella se sintió más sola aún. Un pequeño gato estaba merodeando por la zona. Su maullido era suave, casi parecía decirle algo, o así lo veía ella. El gato la miraba, quieto, sin dejar de maullar. Entonces ella alzó su mano, en gesto de que se acercase, y así fue. Aquel gato callejero se le acercó, pero éste pasó de largo de ella, cosa que no le sorprendió. Soltó un suspiro y alzó la vista al cielo.
Pasados varios minutos, aquél gato se sentó al lado de ella del banco y la miró. Ella, ésta vez sorprendida, miró al pequeño gato y lo acarició. Éste se dejó acariciar y ronroneó. Ella dibujó una sonrisa en su labios. Justo antes de darse cuenta, de sus párpados cayeron lágrimas. Se acarició las mejillas, tocando sus lágrimas sorprendida. Sus lágrimas cayeron sin permiso, y ella no sabía del por qué.

Una figura masculina se aproximaba al banquillo. Aquel hombre se sentó justamente en el lado donde estaba ella. Atravesándola, como si en aquél banco solamente estuviese el pequeño gato y el hombre. Como si ella fuese invisible. Ella se levantó, atravesando al muchacho y colocándose en pie a pocos metros. El pequeño gato se levantó del banco y miró de nuevo a la chica. Aquel hombre no la veía. No podía verla. Ella estaba muerta.

Lo que ella no sabía es que vagaba siempre por aquel parque buscando a alguien quien pudiese verla y sentir calor. El calor que le hacía falta de unos ojos encontrándose con los suyos. Ella lloraba por no encontrar unos ojos que la mirasen de nuevo. Necesitaba a unos ojos que le dijesen: "¡Te veo! ¡Y estás aquí! No te preocupes, estoy contigo." Y por fin los encontró. Los ojos verdosos de aquel precioso gato, que aún no se había apartado de su lado y se limitaba a ronronear y a deslizarse por sus piernas. Ella, con lágrimas en los ojos sonrió. Sí, era un gato, los ojos de un gato, pero aquel gato le decía: "Te veo, y estás aquí. No te preocupes, estoy contigo."

Entonces ella supo que estaba allí, que la veía. Seguía llorando, pero al saber que unos ojos la miraron.

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